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LAS LÁGRIMAS DEL SOMBRERÓN

La oscuridad era densa, muy densa, tanto que había de ser cortada con un haz de estrellas para poder pasar. Por el barrio de la Parroquia Vieja, sobre las calles sin empedrar, el tiempo dormia cubierto de noche. Pocas personas se atrevían a deambular por esas calles. En toda la ciudad pesaba una densa melancolía imponiendo su tristeza. De pronto, de lo profundo de la calle de la Corona, surgió el rumor del pausado caminar de un patacho de mulas. El redoble de los cascos de los animales, cada vez más fuerte, indicaba que alguien se acercaba. De golpe, en la esquina del Callejón del Brillante, se recortó con claridad la figura de un carbonero. Un vendedor de carbón con sus mulas llegaba a la ciudad procedente del interior del país. Se detuvo indeciso en esa esquina, miró para todos lados. Luego, manifestando alivio por haberse orientado, tiró de sus mulas hacia otra callejuela estrecha, rumbo al barrio de la Candelaria.
Cosa extraña: por donde pasaba el solitario vendedor de carbón, el ladrar de los perros se convertia en llanto. Cosa rara en verdad era este carbonero: pequeñisimo, vestido de negro y con un cinturón brillante que rodeaba su cuerpo menudo. Impecables botines de charol calzaban los pies, en los cuales un par de espuelas plateadas salpicaban luz en la oscuridad. Al hombro una guitarra de cajeta, "de esas que venden en el atrio de la Catedral los jueves de Corpus", y sobre su cabeza un enorme sombrero de alas anchas que casi lo ocultaba por completo
El pequeño carbonero atravesó presuroso al atrio de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, dobló por la calle de la Amargura, tortuosa y oscura, y se detuvo frente a un viejo palomar. En un torcido y carcomido poste de luz eléctrica, que se apagaba cuando el viento soplaba con fuerza, el carbonero amarró las riendas de sus mulas. Descolgó su guitarra de cajeta y la afinó. Se aclaró la voz, y bajo el resquicio de una puerta que daba a la calle, empezó a cantar con emoción: Los luceros, en el cielo, caminan de dos en dos asi caminan mis ojos cuando voy detrás de vos. así continuó hasta el filo de la aurora cuando el singular carbonero calló. Colgó su guitarra al hombro. Desató sus mulas y arrastrándolas se perdió nuevamente por la estrecha calle de la Amargura. Los perros dejaron de gemir, y la soledad del ambiente se la tragaron los primeros gallos que empezaban a despertar a la ciudad Mamá de Nía Chayo El Duende va a entrar a esta casa si se deja crecer tanto el pelo! Entendéme chula, es por tu bien! ¡No seás terca! ¡Ay mamá!, pura viejita de antes parece, ya no puedo ni tener mi pelo largo sin que regañe. ¡A mi me gusta asi! Está bien, ya no te digo más, pero ya te acordarás que yo te lo advertí. Después no me vayás a venir con cuentos. [...] -¡No! No se aflija. Ya vio que alguien vino anoche a darme una preciosa serenata. Tengo que estar presentable, ¿no le parece? -¡El gran poder de Dios! ¡ No me vayás a decir que te estás enamorando de ese que ni siquiera conocés, sólo porque vino una noche a rasguearte la guitarra a la ventana! -Pero mamá, usted si que... ¡no tenga pena! Yo sé lo que hago, pero le diré que la voz de ese hombre me impresionó muchísimo. Pero no se preocupe, que no pienso hacer una locura. [...] Las serenatas se repitieron. El pequeñísimo carbonero cruzaba todas las noches con su patacho de mulas y su guitarra al hombro las callejuelas del barrio de la Candelaria y seguía sembrando coplas en el intersticio de la puerta. Mientras tanto Nina se conmovia profundamente con el canto de su pretendiente, a quien no había visto. Se lo imaginaba gallardo y apuesto. [...] Hasta que deslumbrada por las muchas noches y muchas serenatas, abrió su ventana y el pequeño carbonero penetraba a la casa de nía Chayo Candiales [...] La persistencia de las serenatas seguia causando revuelo en el barrio. Todos querian conocer al hombre que enamoraba a Nina. No obstante, por dos esfuerzos que hicieron nunca lograron ni siquiera verlo...]
Celso A. Lara Figueroa Historiador guatemalteco especializado en cultura popular. In- vestigador y Catedrático de la Universidad de San Carlos. Es autor además de numerosos libros, articulos y ensayos sobre tradición oral, historia y antropologia de Guatemala y América Latina. Poeta, musicólogo y músico, es uno de los estudiosos del folklore más reputados del continente americano. las leyendas La Tatuana y Las Lágrimas del Sombrerón, son algunas que recoge en su libro Por los Viejos Barrios de la Ciudad de Guatemala.

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